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Apuntes: 

INTRODUCCIÓN A LA SISTÉMICA Y TERAPIA FAMILIAR.

Profesor: Luis Cibanal.

TEMA 7: EL PROCESO DEL TRATAMIENTO: INTERVENCIONES.

7.1. ACOMODACIÓN.

a. Mantenimiento.
b. Rastreo.
c. Mimetismo.

7.2. REESTRUCTURACIÓN.

· Intervención en las pautas transaccionales.
· Intensificación del stress.
· Reencuadrar.
· Intervenciones paradojales.
· La ilusión de alternativas.
· Intervenciones metafóricas.

7.3. PRESCRIPCIONES.

a. Como impartir prescripciones
b. Tipos de prescripciones: Directas y Paradójicas.

7.1. ACOMODACIÓN.

La "ACOMODACIÓN", según Minuchin, hace referencia a las acciones del terapeuta tendentes directamente a relacionarse con los miembros de la familia, y a 1as adaptaciones del terapeuta tendentes a lograr la alianza. Para aliarse a un sistema familiar, el terapeuta debe aceptar la organización y estilo de la familia y fundirse con ellos.

En la "acomodación" el terapeuta reconoce el predominio de determinados temas familiares y participa juntamente con la familia en su exploración. Debe seguir su camino de la comunicación, descubriendo cuáles son los que están abiertos, cuáles son los que están parcialmente cerrados y cuáles enteramente bloqueados.
Todo aquel que emprende una terapia familiar se ve constantemente impresionado por la enorme dificultad que existe para transformar un sistema familiar. La familia se modifica solamente si el terapeuta ha logrado incorporarse al sistema de un modo sintónico a éste. Debe "acomodarse" a la familia e intervenir de un modo que la familia pueda aceptar. Es posible que las técnicas de "acomodación" no siempre dirijan a la familia en la dirección de los objetivos terapéuticos, pero son exitosas en la medida en que garanticen el retomo de la familia a la sesión siguiente.

Podemos enumerar, siguiendo a Minuchin, tres tipos de intervenciones que pertenecen a la ACOMODACIÓN: Mantenimiento, Rastreo y Mimetismo.

Mantenimiento.

Mediante la técnica del "mantenimiento" proporcionamos un apoyo programado a la estructura familiar, tal como el terapeuta la percibe.
Así, por ejemplo, realizamos "mantenimiento": cuando dirigimos las primeras preguntas a los padres ya que así, reconocemos y confirmamos la posición ejecutiva del subsistema parental; aceptando, temporalmente, el etiquetamiento del paciente identificado, o la definición que dan los conyuges a su propia relación; disfrutando, abiertamente, del humor de la familia o expresando afecto hacia ellos. El terapeuta puede comentar, por ejemplo cuán perceptivo es un niño al describir una situación, destacar una metáfora adecuada que un miembro de la familia utilizó, ensalzar la lógica de la discusión de otra persona o elogiar la habilidad con la que alguno enfrentó una situación.

Rastreo.

Mediante la técnica del rastreo el terapeuta sigue el contenido de las comunicaciones y de la conducta de la familia y los alienta para que continúen. Las operaciones de "rastreo" son modalidades tradicionales mediante 1as cuales los terapeutas controlan la dirección y el flujo de la comunicación.

El "rastreo" fortalece a los miembros de la familia al estimular la información. Convalida a la familia tal como es estimulando y aceptando sus comunicaciones.
Así, por ejemplo, realizamos "rastreo" cuando repetimos la última frase que un miembro de la familia ha dicho; cuando el terapeuta anima a seguir hablando a través del sonido parsimonioso "um-hum", que emite; cuando se hace un comentario que estimula la prosecución de lo que se dice; cuando se recompensa la intervención de un miembro de la familia con nuestra actitud de interés; cuando realizamos una pregunta para clarificar lo que un miembro ha dicho.

El rastreo del contenido de 1a comunicaciones es útil en la exploración de la estructura familiar. Minuchin comenta el siguiente ejemplo:

Un terapeuta que trabajaba con una familia muy aglutinada observó un comentario del padre de que no le agradaba cerrar las puertas. El terapeuta comenzó a rastrear las aplicaciones de este hecho. Se comprobó que a los niños nunca se les permitía cerrar las puertas de sus habitaciones. El niño de diez años tenía su propia habitación, pero por lo general dormía en la habitación de su hermana mayor, frecuentemente en la misma cama. La intimidad y la vida sexual de los cónyuges se veían restringidas debido a que su propia puerta nunca se cerraba. La exploración de la utilización familiar de su espacio vital y de su utilización de las puertas se convirtió en una metáfora de la carencia de límites claros.

Mimetismo.

La técnica del "mimetismo" se emplea fiara acomodarse a un estilo familiar y a sus modalidades efectivas. Las operaciones de "mimetismo" señalan que tanto el terapeuta como los miembros de la familia son, antes que nada, seres humanos. Los terapeutas experimentados realizan operaciones miméticas sin siquiera percibirlo.

Así, por ejemplo, realizamos "mimetismo" cuando adoptamos el ritmo familiar de comunicación, disminuyendo su ritmo, por ejemplo, en una familia habituada a pausas prolongadas y lentas respuestas. Cuando el terapeuta asume una actitud jovial y expansivo, con una familia también jovial. En una familia con un estilo coartado, sus comunicaciones se hacen escasas.

7.2. REESTRUCTURACIÓN.

Las operaciones de REESTRUCTURACIÓN son las intervenciones terapéuticas que una familia debe enfrentar en el intento de lograr un cambio terapéutico. Las operaciones de reestructuración constituyen los aspectos descollantes de la terapia. Son las intervenciones dramáticas que crean movimiento hacia las metas terapéuticas.

Veíamos que 1as operaciones de "acomodación" no constituían un desafío, disminuían la distancia entre el terapeuta y la familia ayudando al terapeuta a mezclarse con la familia ya que juntos participan en los acontecimientos de la sesión terapéutica. Sin embargo, 1as operaciones de "reestructuración" y de "acomodación" son interdependientes. La terapia no puede lograrse sin la "acomodación", pero ésta no tendrá éxito sin la "reestructuración".

El terapeuta debe acomodarse a la familia, pero también debe mantenerse en una posición de liderazgo dentro de la unidad terapéutica. Debe resistir su absorción dentro del sistema familiar. Debe adaptarse en grado suficiente a la organización familiar para ser capaz de incorporarse a ella, pero también debe conservar la libertad de intervenir de un modo que cuestione la organización de la familia, obligando a sus miembros a acomodarse a él de un modo que facilitará el movimiento en dirección de los objetivos terapéuticos.
Observaremos, que en ocasiones, las operaciones de mantenimiento pueden desempeñar, a su vez, una función de reestructuración: cuando el terapeuta apoya a un subsistema, otras partes de la familia pueden verse obligadas a reestructurarse o acomodarse a este apoyo. Si el terapeuta apoya al cónyuge más débil, ello constituye un pedido de reestructuración dirigido al más fuerte
A continuación, mencionaremos distintos tipos de intervenciones reestructurantes:

A) INTERVENCIÓN EN LAS PAUTAS TRANSACCIONALES.

Puede ser sumamente útil que la familia actúe en lugar de describir. Las instrucciones deben ser explícitas, tales como: "habla con tu padre acerca de esto". Este tipo de argumento minimiza la tendencia a centralizar en el terapeuta y ayuda a los miembros de la familia a experimentar sus propias transacciones con una mayor conciencia. Desde el punto de vista del terapeuta, también ayuda a ver a los miembros de la familia en acción. El terapeuta, por lo tanto, debe disponer de un cierto número de técnicas para estimular la comunicación intrafamiliar en la sesión. Puede insistir para que 1as personas hablen entre sí. Puede evitar mirar a alguien, clavando su mirada en un objeto. Puede dar la vuelta a su silla. Puede negarse a responder cuando se dirigen a él, señalando simplemente a otro miembro de la familia con un gesto. Puede incluso abandonar la habitación para observar a la familia tras un espejo de visión unilateral. Después de utilizar estas técnicas un cierto número de veces, los miembros de la familia aceptarán que tienen que hablar entre sí como regla del sistema terapéutico. Puede comenzar a prestar una menor atención a la lógica del contenido y una mayor atención a las secuencias de interacción en las que se producen los intercambios de la familia.

Redistribución geográfica.

La "redistribución geográfica" constituye otra técnica para dramatizar las descripciones de la familia. Cuando una familia acude a la primera sesión, la forma en que se ubica puede proporcionar indicios acerca de las alianzas y coaliciones, centralidad y aislamiento. La ubicación puede también constituir una técnica para estimular el diálogo. Puede constituir un modo efectivo de trabajar con los límites. Si el terapeuta desea crear o consolidar un límite, puede conducir a los miembros de un sistema (subsistema) al centro de la habitación y ubicar a otros miembros de la familia de espaldas, de tal modo que puedan observar pero no interrumpir. Si desea bloquear el contacto entre dos miembros, puede separarlos o ubicarse entre ellos y actuar como mensajero. El manejo de lo espacial posee el poder de lo simple. Su elocuencia gráfica esclarece el mensaje del terapeuta.

Así pues, al asignar tareas dentro de la sesión, el terapeuta subraya su posición como el que fija las reglas. Él es quien determina las reglas de conducta dentro de la sesión terapéutica. Las tareas asignadas dentro de una sesión pueden señalar simplemente cómo y a quién de los miembros de la familia debería dirigirse; relacionarse con la manipulación del espacio, o utilizarse para dramatizar las transacciones de la familia y sugerir cambios.

B) INTENSIFICACIÓN DEL STRESS.

Las familias que acuden a tratamiento han desarrollado habitualmente pautas transaccionales disfuncionales para enfrentarse al stress. El paciente identificado se encuentra en el centro de estas pautas. A menudo la familia es poco flexible, incapaz de recurrir a formas de relación diferentes. La habilidad del terapeuta para producir stress en diferentes partes del sistema familiar le proporcionará a él, y en algunos casos a los propios miembros de la familia un indicio acerca de la capacidad de la familia para reestructurarse cuando las circunstancias cambian.

Existen dos formas de producir stress en la sesión:

- Obstruyendo el flujo de comunicación.
- Aliándose temporalmente, con un miembro.

La maniobra más simple a la que el terapeuta puede recurrir para producir stress consiste en obstruir el flujo de comunicación a lo largo de sus canales habituales.

Los métodos de una familia para evitar un conflicto operan en forma rápida y automática. Así, es posible que un esposo se ataque a sí mismo en toda ocasión en la que piensa que su mujer está a punto de atacarlo, desarmándola y presentándose como un hombre débil que, por ello mismo, debe ser protegido. Abandona toda posición de fuerza debido a que el subsistema conyugal no permite una confrontación que daría lugar al surgimiento de un conflicto oculto. El terapeuta al percibir que el marido utiliza el auto desprecio como una técnica para evitar el contacto, y, por lo tanto, el conflicto, con su esposa, obliga a la pareja a establecer contacto.

El terapeuta también puede provocar stress uniéndose en forma temporal a un miembro o subsistema de la familia. Este tipo de incorporación a la estructura familiar requiere una cuidadosa planificación y una habilidad para desligarse, de tal modo que el terapeuta no sea absorbido por la guerra familiar. El objetivo último del terapeuta consiste en beneficiar a la totalidad de la familia, y la familia debe percibirlo en todo momento. Si forma una coalición contra determinados miembros, estos deben saber que este paso es temporal y que, sobre todo, él está aliado a toda la familia en el sistema terapéutico.

C) REENCUADRAR.

Reencuadrar significa cambiar el propio marco conceptual o emocional, en el cual se experimenta una situación, y situarla dentro de otra estructura. En el reencuadre se produce una modificación de los "mapas internos".

Lo que cambia a resultas del reencuadre es el sentido atribuido a la situación, y no los hechos-concretos correspondientes a esta. 0 bien, como lo expresó Epicteto: "No son las cosas mismas las que nos inquietan, sino las opiniones que tenemos acerca de ellas ".

Existe una simplista, pero muy difundida creencia, según la cual "hay una realidad objetiva", situada en algún sitio "fuera de aquí" y que las personas cuerdas son más conscientes de ellas que los locos. Sin embargo, lo real es aquello que un número lo suficientemente amplio de personas ha acordado designar como real. La realidad queda determinada por el punto de observación desde-donde -la mira el sujeto; si se cambia el punto de-observación, cambia también-la misma realidad.

Watzlawick comenta el siguiente ejemplo tomado de su labor terapéutica:
Un sujeto que tartamudeaba ostensiblemente no tenía más remedio que ponerse a trabajar como vendedor a domicilio. Ello acentuó su preocupación por el defecto del habla. La situación le fue restructurada del modo siguiente:

Los vendedores a domicilio son mirados generalmente con desagrado por su habilidoso y adulador modo de intentar convencer a la gente para que adquiera algo que no desea comprar. Los vendedores pronuncian ininterrumpidos discursos ponderando sus productos, mas ¿no resulta enojoso estar expuesto a tan insistente y pesado aluvión de palabras?. Por otra parte ¿no es cierto que la gente escucha con atención y paciencia a quien padece un defecto de dicción como él? ¿Será este capaz de imaginar la increíble diferencia existente entre la charla apresurada, torrencial que emplean habitualmente los vendedores y el modo como tendría que hablar él en la misma situación? ¿Se le había ocurrido pensar la insólita ventaja que podía suponer su defecto de palabra en este trabajo?

Nuestro sujeto comenzó a considerar su problema desde un punto de vista totalmente nuevo. La situación real no ha cambiado, sin embargo, la visión que ahora tiene el sujeto de su defecto del habla ha variado: lo que antes veía como negativo se ha convertido ahora en una ventaja para su trabajo.

Un acertado reencuadre situacional, precisa tomar en cuenta los puntos de vista, las expectativas, los motivos y las premisas, es decir, toda la trama conceptual, de aquellos cuyos problemas han de ser modificados. Tomar lo que el paciente nos aporta, es una regla básica. Esto se halla en contraste con las enseñanzas de la mayoría de las escuelas psicoterápicas, las cuales, o bien tienden a aplicar mecánicamente un mismo procedimiento a los pacientes más diversos, o bien consideran necesario enseñarle al paciente un nuevo lenguaje, hacerle comenzar a pensar en términos de este nuevo lenguaje, e intentar luego llevar a cabo un cambio mediante comunicaciones en dicho lenguaje. En contraste con esto, el reencuadre presupone que el psicoterapeuta aprenda el lenguaje del paciente, lo cual puede ser realizado más fácilmente.

El reencuadre, utilizando las palabras de Wittgenstein, no "llama la atención" hacia nada, no da lugar a introspección compresivo, sino que "enseña un juego diferente", haciendo así "obsoleto" el anterior. El otro "ve ahora algo diferente y no puede ya continuar jugando ingenuamente".

C) INTERVENCIONES PARADOJALES.

El uso de la paradoja terapéutica está motivado por el hecho de que existen con frecuencia familias que solicitan ayuda pero que al mismo tiempo parecen rechazar todo ofrecimiento en este sentido; el terapeuta termina por lo tanto envuelto en un juego en el cual su intento de ubicarse como agente de cambio es anulado por el grupo familiar. En términos sistémicos, esta actitud aparentemente contradictoria se vincula con el equilibrio dinámico entre dos capacidades opuestas e interactuantes, la tendencia al cambio, presente en el requerimiento mismo de ayuda, y la homeostática, que impulsa a la familia a repetir sus secuencias habituales de comportamiento, que a veces terminan envolviendo al terapeuta en la misma lógica:

"Ayúdame a cambiar, pero sin modificar nada"
Esta modalidad pone al terapeuta en una especie de doble vínculo: todo intento de su parte tendiente a cambiar algo es boicoteado en algunos niveles, mientras en otros la familia persevera en su 'requerimiento de ayuda.

En estos casos el terapeuta, en lugar de continuar con intentos inútiles de cambio, puede aceptar (más bien que tolerar) la contradictoriedad frente a la cual lo ponen, estimulando de este modo la tendencia al cambio presente en otros niveles en la familia. Es decir, al aceptar el "doble vínculo", se ubica en la relación de un modo exactamente inverso de aquel en que la familia espera verlo. Su respuesta al requerimiento paradojas de esta última es a su vez una paradoja una contraparadoja, porque utiliza la contradicción comunicativo propia del doble vínculo.

En toda situación conflictiva se dan básicamente dos posibilidades para rechazar los ataques de otro: o se replica con un contraataque de al menos igual fuerza o bien se opta por ceder, por apartarse, de modo que el golpe descargue en cierto sentido en el vacío y el agresor pierda el equilibrio.,Hay toda una serie de autores que reconocen la utilidad de este método "judo" de la psicoterapia, del mismo modo que se considera que la resistencia no sólo impide, sino que puede fomentar y favorecer la acción terapéutica. Pero no es menos cierto que, en la mayoría de los casos, todo se reduce a una cómoda expresión dictaminando con excesiva prontitud que la resistencia es señal de que el paciente "no está aún maduro para la terapia".

La resistencia al cambio puede transformarse en un importante vehículo de cambio. Esto puede realizarse "redefiniendo" la resistencia como condición previa o incluso como un aspecto del cambio. Por absurdo que ello pueda parecerle al profano, bastantes personas comienzan una psicoterapia, al parecer, no para resolver un problema y cambiar ellos mismos durante el proceso, sino para derrotar al experto y "demostrar" posiblemente así que el problema no puede ser resuelto, mientras que al mismo tiempo claman por una ayuda inmediata Dentro del contexto de la razón y del sentido común, esta actitud establece un típico callejón sin salida, en el que la petición de auxilio por parte de alguien da lugar a consejos, basados en el sentido común, a lo cual él responde con "más de lo mismo" (es decir: con, más razones de por qué no puede aplicar dicho consejo y con más exigencia de "mejor" ayuda), a lo cual reaccionan los demás proporcionándole más ayuda en el sentido común, etc. En términos de la pragmática de la comunicación humana, los demás responden al sujeto que solicita ayuda predominantemente a nivel del contenido e ignoran sus comunicaciones a nivel de la relación, hasta que más pronto o más tarde, por lo general más tarde, la relación se hace tan dolorosa o frustrante que una u otra de las partes cede, por desesperación o por ira.

La actitud que se acaba de describir puede ser influida de modo más bien fácil, siempre que el terapeuta se encuentre dispuesto a abandonar el plano del sentido común y de la razón, y plantee la siguiente pregunta aparentemente absurda: "¿Por qué tienes que cambiar?". El que se queda está por lo general preparado para esta desviación de tipificación lógica. De acuerdo con las reglas de "su" juego se entiende y es indudable que debe cambiar y, de hecho, todo su "juego" está basado en esta premisa. La pregunta "¿Por qué tienes que cambiar?" no constituye ya, por tanto, una jugada "dentro" de su juego; establece un juego completamente nuevo y ya no se puede seguir jugando al anterior.

Así, por ejemplo, Watzlawick comenta el siguiente caso:
Sí a un sujeto de 30 año, que sufre de esquizofrenia pero inteligente, que se ha pasado diez años de su vida en diversos hospitales se le dice que debe cambiar, que debe liberarse de su familia, conseguir un empleo, comenzar a vivir una vida independiente, etc., podrá mostrarse de acuerdo, pero dirá que sus "voces " le confunden y que sencillamente no está todavía listo a abandonar el hospital. Ha escuchado ya con frecuencia estas exhortaciones y sabe como rechazarlas. Pero surge una situación muy diferente sí se adopta el procedimiento de " -Por qué tienes que cambiar? ". En lugar de oponer el sentido común al absurdo, el método elegido consiste en la técnica del "judo " de utilizar la resistencia del otro: "Ya sé que no debería decirle esto, por lo que pueda Vd. pensar de un médico que dice tales cosas; pero, en confianza, he de decirle lo que realmente pienso acerca de su situación. En confianza, soy yo el que debería hacerse reconocer mentalmente, no Vd Ha encontrado Vd un modo de vida que a muchos de nosotros les gustaría llevar. Cuando me despierto por la mañana, me enfrento con un día en el que la mayoría de las cosas irán mal, con diez horas miserables, llenas de responsabilidades y de problemas. Y Vd. no tiene siquiera que levantarse sí no quiere, pasará el día seguro y sin acontecimientos inesperados y desagradables, le servirán sus tres comidas, seguramente jugará al golf por la tarde y verá una película por la noche. Sabe que sus padres le continuarán pagando la estancia en el hospital y, cuando ellos fallezcan, puede Vd. estar seguro de que el Estado mirará por Vd. "-Por qué entonces iba a cambiar Vd. su vida por una tan ajetreada como la mía?". Sí este tema se desarrolla lo suficiente bien y se argumenta debidamente, el paciente responderá con algo por el estilo de lo siguiente: "Pero !Qué tontería dice Vd., doctor! Tengo, que salir de este lugar, buscarme un empleo y vivir mí propia vida. Estoy harto de que me llamen "Paciente ". Se debe tener muy en cuenta que con este ejemplo no intentamos presentar un "tratamiento "para una enfermedad mental, sino como ilustración de la técnica paradójica.

¿Qué puede parecer más antiterapéutico y más duro que decirle a alguien que busca ayuda, que su situación es desesperada? Y sin embargo, como se sabe, existe un grupo entero de problemas humanos en el que el sentido común, una actitud "humana" de optimismo y de apoyo, no tiene mas resultado que consolidar la persistencia del problema. Sí prescindimos de nuevo del viejo y fútil sistema de preguntar por qué ciertas personas juegan a "ayúdame, pero no te dejaré hacerlo", sino que aceptamos el hecho de que existen gentes así, podremos concentrarnos sobre lo que están haciendo, cómo se ajusta ello a un contexto presente y qué se puede hacer al respecto.

Un representante típico de esta clase de buscadores de ayuda es aquella persona que viene a psicoterapia con un problema con el cual ha derrotado ya a un impresionante número de expertos. Con estos antecedentes, el psicoterapeuta se da muy pronto cuenta que su cabeza está destinada a ser próximo trofeo a añadir a la colección del paciente y que en tales circunstancias, cualquier manifestación de confianza y optimismo profesionales le haría el juego al paciente, aparte de los motivos "reales" o "subyacentes" de éste. El lema de la psicoterapia en este caso no será "¿Cómo puedo ayudarle?", sino "Su situación es desesperada". El psicoterapeuta prepara en primer lugar pacientemente esta intervención, informándose de todos los detalles de los anteriores fracasos: a cuántos médicos visitó el paciente, qué intentaron realizar éstos sin lograr éxito, cuántos tests y qué tests se le practicaron, qué clases de medicación, de intervenciones quirúrgicas o de otra clase se le aplicaron, etc. Una vez que ha acumulado una cantidad considerable de información relativa a los fracasos anteriores, enfrenta a su cliente con tan demostrativos datos de un modo tan autoritario, condescendiente y pesimista como sea posible, para concluir comunicando que sus esperanzas acerca de lo que la psicoterapia puede proporcionarle están por completo fuera de la realidad y que no hay nada que pueda hacerse con respecto a su problema, con excepción quizás de enseñarle como vivir adaptándose al mismo. Al hacer esto, el psicoterapeuta cambia por completo las reglas del fuego; ahora es él mismo el que alega la inutilidad de la psicoterapia y puede hacer tal afirmación más impresionante aún pronosticando como si en ello le fuese su reputación profesional, que el paciente no cambiará. Así las cosas, le quedan al paciente tan sólo dos alternativas: o bien renunciar para siempre a su juego, o bien proseguirlo, lo cual tan sólo podrá hacer "derrotando" al psicoterapeuta al "demostrarle" que la mejoría es posible. En ambos casos, la intervención da lugar a un cambio-2 o de segundo orden.

E) LA ILUSIÓN DE ALTERNATIVAS.

En la "ilusión de alternativas" se da una presión para elegir entre dos opciones, pero se trata de una elección que o bien es ilusoria porque ninguna de las dos es adecuada o, por cualesquiera otras razones, es imposible en la práctica. La persona prisionera de este caso está "condenada si lo hace y condenada si no lo hace".

Laing nos relata el siguiente diálogo mantenido por una madre y su hija esquizofrénica, en el curso de una sesión de terapia familiar:

MADRE: No estoy enfadada porque hables así. Sé que realmente no piensas lo que dices.
HIJA: Pero sí que lo pienso.
MADRE: Pero querida, sé que no piensas tal cosa. No puedes valerse por ti misma.
HIJA: Puedo valerme por mí misma.
MADRE: No, querida, yo sé que no puedes, porque estás enferma. Sí olvidara por un momento que estas enferma, me enfadaría mucho contigo.

Tal como la madre contempla el comportamiento de su hija, a ésta sólo le quedan dos alternativas: demencia o insolencia.
En las perturbaciones de la interacción familiar puede comprobarse a menudo que los padres esperan que su hijo (o su hija) actúe con independencia y comiencen a vivir su propia vida pero, de otra parte, cada paso del hijo en esta dirección es interpretado como ingratitud, falta de amor y hasta traición. Entonces tanto si el hijo sigue dependiendo de los padres como si intenta distanciarse de ellos, nunca hace nada a derechas y es siempre un mal hijo.

Podemos emplear la "ilusión de alternativas" con fines terapéuticos cuando pedimos al paciente que elija entre dos posibilidades que no son en realidad contrapuestas sino que, a pesar de su supuesta oposición, sólo presentan un polo de una pareja opuesta.

Ericksbn cuenta el siguiente ejemplo:
Desde niño tuvo que ayudar a su padre en los trabajos de la granja y muchas veces su padre creaba una ilusión de alternativas, dejándole, por ejemplo, elegir "libremente " entre dar de comer primero a los cerdos o a las gallinas. La "ilusión de alternativas " se oculta aquí bajo la pequeña e inocente palabra "Primero",- la elección no consistía, pues, en sí él quería o no echar de comer a los animales tal alternativa no entraba en cuestión y, por tanto, ni siquiera se mencionaba sino sólo cuál de los trabajos prefería hacer primero.

En la "ilusión de alternativas" es necesario crear un determinado marco, del que se excluya lo indeseado. Luego, dentro de este marco se ofrece una elección ilusoria entre dos posibilidades. Si no se consigue crear este marco ilusorio, la intervención es ineficaz. La pregunta dirigida a un extraño: "¿Quiere Vd. darme un franco o diez?" está condenada al fracaso, porque puede rechazar fácilmente las dos alternativas. Pero si se hace esta misma pregunta en el marco de una institución de beneficencia, se pueden tener buenos motivos para confiar en que se conseguirá al menos un franco.

F) INTERVENCIONES METAFÓRICAS.

El lenguaje metafórico puede constituir un medio para comunicarse con un individuo, una pareja o toda una familia, y también para recibir comunicaciones. Un terapeuta relacionar debe habituarse a hablar y a escuchar de un modo metafórico.
Cuando el terapeuta oye a un miembro de la familia que habla del problema, tiene presente que éste está refiriendo hechos y opiniones al respecto, pero que al mismo tiempo está comunicando indirectamente algo que no se puede decir de un modo explícito.
Esto resulta particularmente evidente cuando la madre y el padre describen el problema de un hijo. El terapeuta puede oír cómo uno de los padres se refiere al problema del niño en dos niveles: como afirmaciones sobre el hijo, pero también como declaraciones concernientes al otro cónyuge y al matrimonio. Si una madre describe a su hilo como terco y obstinado, es verosímil que esté dando también a entender que el marido es terco y obstinado. Si un padre afirma que el hijo amenaza con escaparse de casa, es probable que la mujer esté amenazando con dejarlo. Si ambos progenitores hablan de los desórdenes alimentarlos de una hija adolescente que pasa del rechazo total de la comida a una glotonería desenfrenada, puede ocurrir que, en otro nivel, estén comunicando que en la relación matrimonial no existe ningún orden. También si dos cónyuges subrayan la violencia de un hijo, respecto del cual abrigan temores de carácter delictivo, es verosímil que en un nivel metafórico estén hablando de su propia relación y de la violencia de sus intercambios interpersonales.
Cuando un sujeto resiste las intervenciones directas, es posible encarar el problema comunicándose con él en términos de una analogía o metáfora.
La metáfora es una formulación acerca de una cosa que se parece a otra; es la relación de analogía entre una cosa y otra. Frecuentemente, cuando un terapeuta quiere que los miembros de una familia se comporten de un modo determinado hace que se conduzcan de otro modo que, sin ser el mismo, se le asemeje; entonces se portarán "espontáneamente" como él quiere.
En el caso de un niño que temía a los perros, el terapeuta averiguó que lo habían adoptado siendo aún un bebé; aparentemente el niño ignoraba esta circunstancia, que los padres no deseaban revelarle. Partiendo del supuesto de que el niño sabía que era adoptado, el terapeuta se propuso abocarse a la cuestión de la adopción y también hacer que la familia trajera un perro al hogar. Le habló al niño de "adoptar" a un perro que tenía el problema de ser muy miedoso y luego discutió con él varios posibles problemas, entre ellos que el perro se enfermara y tuvieran que llevarlo al "médico" (situación análoga a la del niño adoptivo que es llevado al psicólogo).
Cuando el niño dijo que la familia tal vez debería deshacerse del perro si este se enfermaba y había que pagar las consultas, el terapeuta insistió en que, una vez adoptado el animal, la familia quedaba comprometida a cuidarlo y debía tenerlo con ella -y pagar los honorarios del médico pasara lo que pasara

Así se trataron, en términos metafóricos, varias posibles inquietudes del niño respecto a sí mismo, y de los padres respecto a él, relacionándolas con la propuesta de adoptar al perrito.

En el caso de la frigidez, por ejemplo, se le impone a la interesada la obligación de imaginarse, hasta en sus menores detalles, cómo deshiela en su casa el frigorífico. Insistiendo una y otra vez, lenta y monótonamente, en sus consejos, el terapeuta le menciona cómo hará ella este trabajo; si empezará por arriba, por abajo o por el centro; lo que sacará en primer término y lo que sacará después: cuánto hielo se ha podido formar con el paso del tiempo, dónde será más gruesa la capa, qué cosas encontrará en el último rincón, ya olvidadas, y que debería haber tirado hace mucho tiempo; cómo conseguir deshelar el frigorífico de la forma más eficaz. Básicamente, se evita aquí cualquier alusión inmediata al problema sexual. El terapeuta se limita a hablar, de una manera al parecer muy superficial, pero también muy circunstanciada, de esta trivial faena doméstica.

Por último, expondremos otro ejemplo sobre el "uso de la metáfora" tomado de Milton Erickson:
Entre las metáforas elaboradas por Erickson para encarar este problema figura la de hacer hablar a la pareja sobre la comida compartidas.
El terapeuta puede tratar la manera en que comen juntos, preguntándoles sí alguna vez cenan solos sin la presencia de los hijos.
Mientras los Interroga sobre este punto, comentará aspectos de la comida que guardan similitud con las relaciones sexuales diciendo, por ejemplo: "A veces a la esposa le gusta tomar aperitivos antes de cenar y empezar a hacerlo lentamente, y el marido y el marido prefiere zambullirse directamente en la carne con papas ", o bien: "Algunos maridos elogian a sus esposas por la buena presentación de la comida, pero otros ni siquiera se fijan, y entonces sus mujeres no se esfuerzan en absoluto ".
Sí al hablarles sobre estos tópicos la pareja da señales de relacionar sus palabras con el sexo, cambiara la conversación pasando a un aspecto que toque menos de cerca el tema sexual, pues no desea que establezcan la relación conscientemente. Más adelante volverá a hablar de cómo a algunos les gusta cenar a medía luz y quizá con velas encendidas, en tanto que otros prefieren una iluminación potente que les permita ver cuanto desean disfrutar.
Al cabo de una conversación de este tipo, es posible pasar con naturalidad a impartirles la directiva de que cenen juntos. Deberán elegir una noche en particular y preparar juntos una cena agradable, mostrándose comprensivos sobre las diferencias de gustos, conversando sólo de temas amables y no de las inquietudes del día; la esposa tratará de estimular el apetito de su marido y él hará todo lo posible por contentarla. Sí la cena tiene éxito, lo más probable es que extendían esa actitud a las relaciones sexuales.

7.3. PRESCRIPCIONES.

lmpartir directrices o prescripciones parece ser un comportamiento por lo menos tan antiguo como el concepto de curación. Más complejo es reconocer y a veces aceptar que hay que impartirlas en una relación terapéutica: no hay duda de que toda forma de terapia es, en su esencia misma, directiva.
También es directivo prescribir psicofármacos a una persona presa de un estado de ansiedad, mantener silencio hasta que el paciente comienza a asociar libremente, aconsejar la colonia de vacaciones para un niño inhibido, enseñar a una pareja el modo de llegar al orgasmo, prescribir un comportamiento paradojal, y hasta llegar una terapia cuando los componentes del problema no son de naturaleza psicológica.
También en la terapia familiar, como en general en toda terapia estratégica, la directividad es igualmente innegable. El terapeuta está empeñado activamente con la familia en determinar el contexto que se desarrolla, en establecer los objetivos a alcanzar, en proyectar las intervenciones, en evaluar las respuestas de la familia a sus prescripciones modificándolas en caso necesario, en promover la separación de la familia al final del proceso terapéutico, etc.
La terapia relacionar se propone en realidad hacer que adquiera una mayor capacidad de determinación un grupo familiar que a menudo está varado en una situación de dificultad de la que no parece en condiciones de salir por sí mismo, como no sea mediante la formación y el mantenimiento de chivos emisarios. Es justamente la imposibilidad de cambiar, experimentada en el tiempo por la familia, que sigue los modelos habituales de pensamiento y de comportamiento, lo que lleva al terapeuta a la convicción de que su tarea fundamental consiste en abrir brechas en el sistema familiar para permitirle el redescubrimiento de valencias auto terapéuticas en su interior, que liberen al paciente identificado y a la familia de una situación de malestar que se ha perpetuado en el tiempo, y les restituyan la iniciativa de sus propias acciones. Una operación de esta clase requiere necesariamente una posición de poder por parte del terapeuta, el cual debe enfrentarse enseguida con las fuerzas más rígidas del sistema. Esto lleva en muchos casos a lo que Whitaker (1973) llama la lucha por el control. El terapeuta debe estar desde el comienzo en condiciones de mostrar a la familia que es bastante fuerte como para controlarla con éxito, manteniendo constantemente una posición de estar arriba.
Si en una terapia familiar se pide al terapeuta que asuma inicialmente una posición de control, en el momento terminal el cuadro relacionar habrá cambiado por completo: el terapeuta y la familia estarán entonces en una posición de igual poder, porque ésta habrá readquirido la plena autodeterminación en sus acciones y ya no tendrá necesidad de ayuda desde afuera.
Lo que se nos propone es obtener un cambio que vaya más allá de la resolución del síntoma individual y que incida a nivel de todos los miembros del sistema proporcionándoles modelos transaccionales nuevos que ya no tengan necesidad de comportamientos sintomáticos. En este sentido el síntoma es solamente el indicador de una perturbación a nivel comunicativo. Actuar sobre el síntoma quiere decir intervenir en las reglas de relación de ese sistema.

Un error común a varios tipos de terapia es el supuesto de que si alguien comprende algo, actuará necesariamente en consecuencia. En la practica terapéutica es más frecuente que si alguien cambia en algo, eso le permita experimentar y, por lo tanto, aprender alternativas nuevas a nivel cognoscitivo, emotivo y conductual.
El terapeuta, por tanto, puede asignar tareas para el hogar. Cuando la familia responde realizando la tarea que él asignó, están llevando, realmente, al terapeuta a su hogar.

Las prescripciones o tareas señalan las nuevas posibilidades de reestructuración de la familia. Las tareas también constituyen un medio adecuado para poner a prueba la flexibilidad familiar.

La asignación de una tarea proporciona un nuevo marco para las transacciones. El terapeuta observa los resultados con el propósito de lograr que surjan pautas transaccionales alternativas. En algunas ocasiones una familia acepta una carea y comprueba que las conductas emergentes a consecuencia de ésta son más convenientes que las antiguas, que la familia puede funcionar mejor en este nuevo marco. En otras, los miembros de la familia la modifican, la contradicen o la evitan. Las diferentes respuestas proporcionan, tanto al terapeuta como a la familia, una mejor compresión acerca del lugar en el que se encuentran y acerca del lugar a que deben dirigirse.

Las "prescripciones", "tareas" o "directivas" impartidas a los individuos y familias tienen varias finalidades:

a) El objetivo principal de la terapia es hacer que la gente se comporte de manera diferente, para que tenga así experiencias subjetivas diferentes. Las directivas son un medio de provocar esos cambios. (finalidad terapéutica)

b) Se usan para obtener información. La manera en que reacciona la gente al recibir una prescripción es esclarecedora con respecto a ellos mismos y a cómo responderán a los cambios deseados. (finalidad diagnostica)

c) Se las emplea para intensificar la relación entre pacientes y terapeuta: al decirles a aquellos qué deben hacer, el terapeuta entra a participar en la acción y adquiere importancia, porque el individuo debe hacer o no hacer lo que él le dice. Si deben hacer algo durante la semana el terapeuta permanece ligado a sus vidas durante todo ese lapso de tiempo. (finalidad relacionar)

A) Cómo impartir las prescripciones.

Motivar a alguien a hacer algo significa persuadirlo de que extraerá algún beneficio de esa acción. Cuando un terapeuta desea motivar a los miembros de una familia a que realicen una tarea, tiene que convencerlos de que por su intermedio alcanzarán los objetivos individuales y familiares que ellos desean. El terapeuta puede ejercer autoridad de diversas formas. Por lo general, al motivar a la familia deberá valerse de su posición como experto conocedor de lo que hay que hacer, pues así, tendrá más probabilidades de ser obedecido.
Puede decirle a sus integrantes: "Quiero que hagan algo y tengo mis razones para pedírselo, pero prefiero no entrar en detalles. Simplemente quiero que la semana que viene hagan esto...... También puede decirles: "Voy a pedirles algo que parecerá estúpido, pero no obstante, quiero que lo hagan". Así, se impide toda discusión, ya que no pueden aducir que es una tarea tonta habiéndole dicho ya el terapeuta.

Una vez motivada la familia, deben impartírsela instrucciones claras (a menos que se quiera ser confuso por alguna razón particular). Más que sugerirlas, las directivas deben impartiese abiertamente. Es mejor decir: "Quiero que hagan tal y tal cosa', y no, "Me pregunto si han pensado en la posibilidad de hacer tal y tal cosa" o tal vez, "¿Por qué; no hacen tal y tal cosa?". Al terapeuta le conviene más ser claro y preciso, diciendo exactamente lo que quiere que se haga.

Si no se está seguro de que alguien lo haya comprendido, puede interrogar a esa persona sobre las instrucciones y hasta pedirle que las repita.

Sin embargo, hay situaciones en las que quizá no se desee ser preciso y detallado, prefiriendo en cambio deslizar una idea en la conversación para que la familia piense "espontáneamente" en realizar ese tipo de tarea; también aquí la "insinuación casual" debe hacerse en términos precisos.

El terapeuta debe hacer que todos los miembros de la familia intervengan en una tarea; puede excluir a alguien por razones especiales, pero nunca en forma accidental. Aún al pedirle específicamente a alguien que se abstenga de intervenir, se le está dando algo que hacer. El propósito de involucrar a todos en la tarea es hacer hincapié en la unidad familiar total. Así mismo el terapeuta deberá poner cuidado en no perturbar la jerarquía interna de la familia haciendo intervenir a niños en tareas de adultos.

B) Tipos de prescripciones

1. Prescripciones Directas
2. Prescripciones Paradójicas

1. Prescripciones directas.

a) Ordenarle a alguien que deje de hacer algo.

El terapeuta trata de modificar el comportamiento de un individuo o de una familia diciéndole que debe de hacer lo que está haciendo. Esta es una de las prescripciones más difíciles, aunque no imposibles, de hacer cumplir. Por lo común, es preciso gozar de gran prestigio o tener reputación de experto para lograr que alguien abandone su comportamiento habitual con sólo pedírselo. Como en la practica totalidad de los casos esto no resulta, el terapeuta no tiene que "caer" en el deseo de hacerlo. Así, por ejemplo, de poco servirá a una persona que tiene problemas con el alcohol, "ordenarle" que deje de beber; o a la esposa impulsivo impartirle la tarea de que "intente" ser más reflexiva, etc.
Aconsejar, significa suponer que la gente ejerce control racional sobre sus actos, idea que quizá conviene desechar si se quiere conseguir logros en el campo terapéutico.

b) Pedirle que haga algo diferente.

El terapeuta trata de cambiar el comportamiento pidiendo que adopte una conducta diferente a la usual.
Por lo común de nada le sirve a la gente que le digan que deben tratarse mejor los unos a los otros. Entre otras cosas, ya han recibido buenos consejos de otras personas y no han sido capaces de seguirlos. Los consejos, por ejemplo, no suelen dar resultado en el caso de la madre que se pelea con su hija por la hora de la noche en que ésta regresa al hogar. El terapeuta puede decirles que cada una deberla escuchar con respeto los argumentos de la otra, e instarías a ser más amables y a llegar a alguna transacción satisfactoria para ambas. Su problema estriba en que les es imposible seguir esa conducta: cada vez que intentan ser amables y comprensivas acaban enzarzándose en una discusión incontenible.

El prescribir "algo diferente" implica cambiar la secuencia que tiene lugar dentro de la familia. Esto se consigue introduciendo la acción. Puede alcanzarse de muchas maneras; por ejemplo, en el caso de la madre y de la hija antes mencionadas, puede pedírsele al padre que se haga cargo del problema: él será quien esperará a la hija por la noche levantado, por muy tarde que venga; la madre deberá acostarse a la hora que para ella sería habitual y mientras le viene el sueño podrá leer o escuchar la radio. Esta directiva cambiará la secuencia interaccional de la familia. El modo concreto en que han de impartiese para que sean ejecutadas es cuestión de habilidad y práctica.
Otro ejemplo de prescripción directa sería en el caso de una pareja que discuten constantemente en el intento de querer corregir al otro, proponer al cónyuge más colaborador que cuando eso ocurra él "deberá darle la razón" a su esposa.
Muchas veces con estas tareas se pretende "enmascarar" su verdadero objetivo. Mediante ellas se prescribe hacer algo con el fin de producir otra cosa distinta de lo que se ha declarado. Se las puede comparar con la técnica del prestidigitador, el cual llama la atención del público hacia alguno de sus movimientos más evidentes, mientras realiza el truco a escondidas, produciendo así un efecto espectacular.
En general, las prescripciones directas se emplearán cuando observemos en los miembros una clara colaboración.

2. Prescripciones paradójicas.

Estas tareas pueden parecerles paradójicas a los pacientes porque, habiéndoles dicho el terapeuta que desea ayudarlos a cambiar, al mismo tiempo les está pidiendo que no cambien. Este enfoque se basa en la idea de que algunas familias que acuden pidiendo ayuda rechazan la que se les brinda. Por lo común, una familia se ha estabilizado en torno al hecho de que uno de sus miembros constituye el problema. Al tender a modificar la situación de la persona problema el terapeuta también tiende a desestabilizar a la familia, por lo que encontrará resistencia de variable intensidad. Las tareas paradójicas tienen por finalidad abordar esta dificultad.

El enfoque paradójico presenta siempre dos mensajes, transmitidos a niveles diferentes: "Cambien", y, dentro del marco del mensaje, "No cambien". Se puede encarar a la familia en un sentido global, o impartir directivas que involucren sólo a una parte de ella.

a) Prescripción de] síntoma:

Un síntoma siempre es, en su esencia, involuntario y, por tanto, autónomo. Pero esta no es más que otra manera de decir que un síntoma es un fragmento de conducta espontánea, tan espontánea que incluso el yaciente la experimenta como algo incontrolable. Es esta oscilación entre la espontaneidad y la coerción lo que hace que el síntoma sea paradójico, tanto en la experiencia del paciente como en su efecto sobre los demás.
Si se le pide a alguien que se comporte de una determinada manera que él considera espontánea, entonces ya no puede ser espontánea, porque la exigencia hace imposible toda espontaneidad. (Recordemos la fábula de la cucaracha que le preguntó al ciempiés cómo lograba mover sus cien patas con tanta elegancia y con coordinación tan perfecta. A partir de ese momento, el ciempiés ya no pudo caminar).

Watzlawick pone el siguiente ejemplo:
Una joven estudiante universitaria corría peligro de fracasar en sus estudios porque no podía levantarse a tiempo para asistir a clase a las ocho de la mañana. Por mucho que lo Intentara, le resultaba imposible llegar a clase antes de las diez. El terapeuta le dijo que ese problema podía solucionarse de una manera bastante simple aunque desagradable, y que él estaba seguro de que ella no cooperaría. Ello movió a la joven (que se sentía muy preocupada por su futuro inmediato y había desarrollado un razonable grado de confianza en el terapeuta durante las entrevistas anteriores) a prometer que haría cualquier cosa que él le indicara. Se le dijo entonces que pusiera el reloj despertador a las siete de la mañana. Al día siguiente, cuando sonó el despertador, enfrentó la siguiente alternativa: podía levantarse, tomar el desayuno y llegar a clase a las ocho, en cuyo caso ya no quedaba nada que hacer al respecto, o bien permanecer en cama como de costumbre. Sin embargo, en este último caso no se le permitía levantarse poco antes de las diez, como lo hacía habitualmente sino que tendría que volver a poner el despertador a las once y permanecer en la cama esa mañana y la siguiente hasta que sonara. Durante esas dos mañanas, no podía leer, escribir o escuchar la radio o hacer otra cosa que no fuera dormir o simplemente permanecer acostada. Después de las once podía hacer lo que quisiera.
A la noche del segundo día debía poner otra vez el despertador a las siete y, sí tampoco podía levantarse cuando sonaba, tendría que permanecer nuevamente en cama hasta las once de esa mañana y la siguiente, y así sucesivamente.
Por tíltímo, el terapeuta completó el doble vínculo diciendo a la paciente que sí no respetaba este acuerdo que había aceptado por su propia voluntad, él ya no le sería de utilidad como terapeuta y, por lo tanto, interrumpiría el tratamiento.
La muchacha quedó encantada con estas instrucciones aparentemente placenteras. Tres días más tarde, cuando tuvo la sesión siguiente, Informó que, como de costumbre, no había podido levantarse a tiempo la primera mañana, se había quedado en la cama hasta las once, según las instrucciones que le fueran dadas pero este descanso forzoso (en particular el lapso entre las diez y las once) le había resultado Intolerablemente aburrido. La segunda mañana había sido aún peor, y le fue imposible dormir un minuto después de las siete aunque, por supuesto, el despertador no sonó hasta las once. A partir de ese momento asistió a sus clases matutinas y sólo entonces pudo explorar los motivos que aparentemente la obligaban a fracasar en la universidad.

Prescribir el síntoma a un paciente individual, lejos de ser una intervención que resuelva de por sí un estado de dificultad, representa en opinión de Andolfi una modalidad táctica tendiente a abrir una brecha en sistemas particularmente rígidos, para promover la liberación de potencialidades inexpresadas. En este sentido, alentar el comportamiento enfermo constituye un modo de renunciar sólo aparentemente al rol de activador del cambio, aceptando por entero la "positividad" del comportamiento perturbado, hasta el punto de prescribirla o de poner el acento sobre los lados positivos que hay en "el estar mal".

Entra en el cuadro más amplio de un enfoque paradojas lo que con M. Erickson llamamos incitación a la recaída. Cuando parece previsible una recaída en los síntomas, o cuando un mejoramiento da escasas garantías de estabilidad, y también en los casos en que el comportamiento sintomático parece utilizado en términos particularmente manipulativos por el paciente (y por los familiares), el terapeuta puede prever y alentar un agravamiento, justamente con la finalidad de prevenirlo. Esta actitud terapéutica termina paradojalmente estimulando alternativas de conducta en el paciente, precisamente porque niega su posible expresión autónoma: cuanto más la niega el terapeuta, tanto más la buscará el paciente.

b) Prescripción de las reglas:

En terapia familiar se puede utilizar una técnica paradojas prescribiendo a la familia la aplicación exasperada de las reglas de relación individualizadas como disfuncionales, que corresponden al componente más rígido de la homeostasis sistémica. Esta modalidad produce el efecto de hacer posible un proceso de transformación, es decir, de promover la ruptura de las reglas de relación que llevaron al problema y que tienden a mantenerlo.

Se trata, en la práctica, de sustituir el juego sin fin (el realizado hasta entonces por la familia), por un juego nuevo, en el cual el terapeuta, mediante la negación de alternativas pone en acto una modalidad provocativa y a la vez liberadora respecto de un grupo familiar que puede ahora responder mediante una contra provocación "terapéutica" (te demostraré que te equivocas). Esta contra provocación, más allá del significado relacionar que contiene, permite a la familia experimentar modalidades de relación y de solución del problema hasta entonces negadas o en todo caso no expresadas.

La intervención terapéutica, justamente porque la familia la vive como un desafío productivo, termina quitándole al sistema familiar el peso de una responsabilidad sentida inicialmente como demasiado gravosa: cambiar sólo para sí (y no en función de otro, y en particular uno cuya misión es estimular el cambio). Cambiar para el terapeuta (o sea, para demostrarle que se ha equivocado) se transforma en un nuevo estado de anormalidad, que representa en muchos casos un paso obligado y eficaz para ayudar a los miembros de la familia a liberarse de una realidad agobiante de enfermedad y a reelaborar un esquema de relaciones más aceptable, que ya no necesite de chivos emisarios para mantenerse.

La familia se encuentra así en el trance de tener que elegir entre la ejecución de lo que el terapeuta ha prescrito (pero esto significaría aceptar de un modo completo la posición de poder de este último) o la trasgresión de la prescripción, lo que significa un cambio de reglas. Los miembros de la familia, además, sea realizando la prescripción o resistiendo a ella, advierten de un modo más o menos preciso que el juego subterráneo del que son actores y prisioneros se está volviendo más explícito, y que esta mayor evidencia quita eficacia y significado a sus habituales esquemas de relación.

Bibliografía:

  • Minúchin -"FAMILIAS Y TERAPIA FAMILIAR". - Edit. Gedisa.
  • Andolfi -"TERAPIA FAMILIAR". - Edit. Paidós.
  • Haley -"TERAPIA PARA RESOLVER PROBLEMAS".Edit. Omorrortu.
  • Watzlawick -"CAMBIO". - Edit. Herder.
  • Watzlawick "TEORÍA DE LA COMUNICACIÓN HUMANA". Edit. Herder.
  • Watzlawick -"EL LENGUAJE DEL CAMBIO". - Edit. Herder.

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Última modificación: 14 de noviembre de 2016
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